miércoles, diciembre 1, 2021

Desplazados en su propia tierra: cuando vivir en un rancho es la única opción para huir de la violencia

Un grupo de habitantes de Güiria en el estado Sucre se vino a Caracas e invadió una zona. Son desplazados en su propia tierra. Dejaron sus pueblo para vivir en un rancho, pero paradójicamente se sienten más seguros

Tierra, agua, palos de bambú, tablas y zinc es lo que se necesita para construir una vivienda, paradójicamente, más segura en Venezuela. Entre estas paredes y en condiciones muy precarias viven decenas de familias en el barrio San Isidro, ubicado en el este de Caracas. Huyeron de la violencia en Güiria, su pueblo natal, en el estado Sucre. Esta es una crónica de la agencia Efe, que refleja como la violencia y las condiciones precarias de vida, está provocando desplazados, pero dentro de Venezuela.

Güiria es conocida por la pesca y, otrora, por el turismo. Pero ya no es una zona tranquila, según relataron a Efe estos desplazados que añoran su antigua vida.

Aseguran que regresar a su pueblo no es posible porque las bandas y la delincuencia organizada tomaron el control de la zona. «Los inocentes han pagado» un alto precio.

Se resisten a contar lo que sucede por temor a represalias contra ellos o sus familiares que aún viven en Güiria. Pero los habitantes del sector Las Piedras de San Isidro recuerdan, con nostalgia, la paz que hasta hace unos años había. Ahora -sostienen- se ha convertido en un intercambio de disparos.

Según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), Venezuela es actualmente, el que computa mayor número de muertes violentas en Latinoamérica. Durante 2020, se registraron 11.891 fallecidos. Esto implica una tasa de 45,6 por cada 100.000 habitantes.

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Invadieron

Se establecieron en un terreno baldío en el que, en años anteriores, funcionó una estación de servicio. El espacio iba a servir para la construcción de una cancha, pero los invadieron estas familias que llegaron a Caracas. Lo hicieron sin recursos para costear una vivienda.

Algunos ya llevaban tiempo viviendo arrendados cerca de la comunidad. Ellos los que comenzaron a invadir el espacio hace dos años. Ahora, continúan llegando familiares que renunciaron a sus casas confortables en Güiria. Allí, además, el alza del costo de los alimentos y la caída de la pesca ante la escasez de gasolina se hicieron insoportables.

«Esto aquí es bien», sostuvo la señora Lubirda Hernández. Sostuvo una conversación con Efe en la pequeña y humilde vivienda de su hermana. reconoció que sus condiciones de vida no son mejores que las que tenía en Güiria.

Las viviendas son de 42 metros cuadrados. El terreno se encuentra rodeado por una maleza de la que comúnmente salen animales.

«Ahorita para nosotros no es mejor; quisiéramos estar allá (en Güiria). Pero nosotros, más que todo, nos vinimos salvándole el pellejo a los muchachos de nosotros», indicó Hernández. Agregó que en su pueblo natal hay bandas que controlan la zona.

No hay servicios

La mujer reconoce que es complicado lidiar con las condiciones de vida en el asentamiento. No tienen acceso a agua y sólo llega a través de cisternas cada quince días. Tampoco a la luz, por lo que hacen enganches ilegales.

El gas deben buscarlo ellos mismos. Aunque la mayoría del tiempo acuden a la tala de árboles para cocinar en fogatas.

La basura es lanzada en esta misma quebrada, que sirve también como «fuente de trabajo». Algunos hombres que se lanzan a buscar cobre para venderlo y obtener algo de dinero.

La mayoría de las casas en el sector cuentan con suelos de tierra y están equipadas con muebles rasgados que sólo denotan la precariedad de sus condiciones de vida.

En Güiria podían sortear algunas de estas dificultades, como el acceso a la comida, gracias a la siembra o la pesca, pero insisten: «allá casi no se puede estar».

«¿La delincuencia? Eso no lo puedo decir; todo el mundo sabe cómo está eso por allá (…) no le puedo contar nada de eso porque tú sabes cómo es eso», indicó a Efe Carlos González, uno de los fundadores del sector.

González ha ayudado a sus vecinos a levantar sus casas. Conoce bien el oficio y, según relató, sólo pide que le den algún alimento o lo que «puedan» como compensación para poder vivir.

El hombre de 45 años vive en una casa elaborada con tablas. No ha podido culminar su vivienda de barro porque le falta el zinc, un elemento que destaca como importante para que la casa no se derrumbe con la lluvia.

Hambre y malnutrición

Los habitantes de esta zona, en su mayoría, están desempleados. Aseguran que está complicado conseguir trabajo y se alimentan por los productos que les llegan a través del programa de subsidio del Gobierno conocido como CLAP o por la solidaridad de sus vecinos.

Del mismo modo, se alimentan los más pequeños que, en pleno desarrollo, no ingieren proteínas a menos que las reciban a través de un comedor solidario cercano.

Sin embargo, el comedor fundado por una habitante de San Isidro, Mervin Narváez, se encuentra paralizado desde hace dos meses por falta de recursos y donativos.

La mujer creó, hace diez años, la Fundación San Isidro a fin de alimentar a los niños más pobres de la comunidad y ha dependido de los recursos que le entrega el Ejecutivo a través de un programa de alimentación escolar o de los donativos de algunos supermercados.

Pide ayuda para poder seguir con el comedor, porque desde que empezó el año, no ha podido cocinar para los 75 niños y las cinco madres lactantes que tiene en lista.

La situación de estas personas es el reflejo del desplazamiento interno que siempre ha existido en Venezuela y que casi siempre estuvo empujado por oportunidades de estudio o laborales, pero también es la muestra de la pobreza extrema que el Gobierno de Nicolás Maduro cifra en 4 %, un dato que queda en entredicho con un simple recorrido en las zonas populares de Caracas.

Diversas ONG, como HumVenezuela o la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), elevan al 80 % el número de pobres en condiciones extremas.

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