lunes, diciembre 6, 2021

MI TESTIMONIO: “Sin aire para vivir” la batalla por respirar

Karla Salcedo-Flores
@KAsalcedoflores

Cuando un oxímetro es el protagonista de angustias en la batalla por respirar, el aire es el todo para un paciente COVID-19. Pánico y desespero gobiernan la escena. Crónica de una sobreviviente: Karla Salcedo Flores

Día 1

Malestares de cuerpo. Dudas. Falta de aire. Confirmando en mi organismo que son síntomas COVID 19. La impaciencia me aturde al parecer un número más en el mundo.

Día 2

Hay que tomar la decisión de hacerse la prueba. Y aunque camino segura en Cristo y con la tos activada, el miedo me suspendía. De regreso a casa mi cuerpo estaba a punto de desmayo. En medio de la incertidumbre, mi amiga Sisel, se convierte en algo así como la médico de cabecera. Pasa revista por horas. Nos visita on line, nos da palabra y sobre todo nos hace reír.

Sacamos chistes crueles del COVID-19, buscamos el lado positivo a lo que parece trágico. Mi esposo dice que hará mi caja negra en video y que empezará a pedir mensajes a mi gente cercana: «Ella era buena».

Miguel Alejandro, mi hijo de 11 años, cae en cuestión de segundos en cama. Le duele todo, incluyendo su cabecita. Duerme. Tose. Tiene síntomas. Mami se pone triste, nada duele en el mundo más que un hijo.

Día 3

Confirmado con prueba en mano. Somos un número más en el planeta. Tenemos COVID-19. Los chistes enmudecieron. La fe se vio aplastada. El resultado todo lo arropa, retumba en la mente la mala noticia asustándonos; es como una confirmación de muerte eterna. “Tengo COVID”. Tumbados emocionalmente mi esposo y yo nos vemos con ojos de nostalgia y dolor.

Día 4

Comenzamos a desesperar. Hay llanto y más preguntas que respuestas. Pánico. Tos. Ahogo. Pensamientos de muerte. Cero paz. La angustia se apodera de la escena familiar.

Todo el mundo escribe o llama dando sus recomendaciones, tratamiento, recetas, todos distintos. Hasta un veterinario amablemente nos manda pócimas para curarnos. De modo que, confundidos y riéndonos no sabíamos ni qué tomar.

Sisel Cabrera, nuestra amiga, bioanalista, venezolana, hermana en Cristo, dice “tomen esto”, pero tres personas más lo otro. Y una señora de Instagram que sobrevivió al COVID-19 dice esto y mi Mamá y abuela esto… ajá …

Día 5

El equipo de batalla en oración se activa. Mamás víctimas de tribunales de Lopna. Pastores. Iglesias. Amistades. Familia. Seguidores de redes sociales. Compañeros de Impacto Venezuela… Todos claman a Dios por nuestra salud y poco a poco mi debilitado espíritu va perdiendo fuerzas.

Sisel inventa enseñar a mi esposo a inyectar vía videollamada… y mis nalgas, atrevidas, se dejaron. Todo salió bien. Los esteroides me ayudan a respirar mejor. Nadie tiene ánimo de cocinar, nos alimentamos mal, pedimos algo a domicilio y seguimos adelante sin hambre.

Día 7

Mi esposo amanece debilitado, en espíritu, en su cuerpo sin fuerzas.

Un médico venezolano nos da esperanzas de sanación, de calma, nos regala confianza. Sentíamos hablar con un hermano, familia. Que grande es Dios. José Manuel Olivares apareció como luz en nuestro Hogar.

Día 8

Ahogo. Arribamos a la octava jornada de COVID-19 en nuestra familia. Mejora mi amor bonito. Empeoro yo.

El aire se desvanece en el tiempo. Se convierte en nada. Una crisis de tos nos muestran cuerpos vulnerables, llenos de miedos y dudas.

Primera salida de emergencia a la clínica. No habia aire cercano que me llegara a los pulmones. Todo quedó suspendido en la nada.

Me pongo a llorar como niña queriendo simplemente respirar. Saturación a menos de 90. El aparatico del miedo llamado oxímetro es el protagonista del momento.

En proceso, con oxígeno

Día 9

El pánico de una hospitalizada llegó. Todo empezó a ponerse gris, la esperanza, los sabores, el ambiente y la vista.

La ambulancia para el traslado hinóspito a un lugar desconocido me aturde. “¿A cuál clínica me llevan?, soy migrante, donde me meterán, aislada de mi familia y del mundo, empiezo a ser una estadística de hospitalizados por COVID-19, que no me entuben por favor”, pienso desesperada.

La camilla saltaba por los pasillos, mi esposo a los lejos me miraba a las 3:20 am con ojos de angustia. Nos venía una sacudida de vida inesperada.

Él a la casa con dos niños, nuestros días suspendidos en un COVID-19, y yo, a guerrearme la vida en una cama clínica de un país extranjero, sin mi mamá cerca. Miguel Alejandro de 11 años cuidó de SaraH de 4 años toda la noche, la atendió como un buen hermano mayor.

“Bájese de la camilla, quítese todo, póngase esta bata”. Así comenzó esto. Sin cortinas, con hombres allí, con pena, sin pudor, todos mezclados queriendo salvarnos del famoso y temido coronavirus.

La señora que esta a mi lado tenía cara de dolor. Me miraba como buscando vida y yo venía destilando angustia.

Me acostaron en una camilla pequeña a sacarme GASES EN SANGRE. Empezó el juego macabro del dolor de pinchazos.

Allí, con una bata y mis miedos, sin aire, no dormí y en par de horas anunciaron el traslado a una habitación grande:”Pero no va a la UCI, tranquila”, me dijo una enfermera.

Una enfermedad que no distingue de nacionalidad

La señora Rosa María y yo empezamos a ser hermanas en esta batalla juntas en la misma habitación. Las dos con una neumonía y llenitas de angustias. A los minutos, entendí mi propósito: fortalecer una hermandad en tiempos de Covid-19. No había diferencias, no había separaciones, distancias, ni mucho menos nacionalidad. Solo coronavirus y muchos malestares juntos. Su soledad y la mía se estaban fusionando.

El blanco profundo de una habitación grande nos acompaña así como una neumonía que nos mantiene débiles y vulnerables .

Pasan las horas y las dudas invaden de a ratos:”¿Superaré el COVID?”.

Esta, mi nueva casita se convirtió en el espacio de recuperación y también del encierro. Depender del oxígeno para vivir no es muy bonito que digamos.

Mi oxígeno: Dios

Sin embargo, ante tanta oración de propios, familiares y desconocidos, comienza una fuerza interna en la adoración. Tomo la decisión de alabar a Dios pase lo que pase.

“Señor, sé Tú mi fuente de oxigeno”. Me adueño de una canción de Cristine D`Clairo “VEN SEÑOR COMO DIJISTE, DERRAMA TU GLORIA” y la canto a todo gañote con el poco aire que tenía.

Prueban dejarme sin oxígeno unas horas para ver la evolución de mis pulmones y me bajó la saturación a 87 de nuevo. Sigo alabando sin parar y Rosita me dice que le alegran mis canciones y le dan Paz, esa Paz de Dios que sobre pasa todo entendimiento

El celular se convierte en compañero fiel de angustias y malas noticias. Estados de Whatsapp con pésames y dolor. Solo reina la muerte y no la vida.

Todos con un familiar que acaba de morir de COVID-19. ¿Y Karla? Adorando al Dios de milagros, mi fuente de oxígeno y aire.

Adorando al Dios de milagros, mi fuente de oxígeno y aire

Familia, amigos y seguidores: mi bastón

Mi mami guerrera me acompañó valientemente minuto a minuto. Hay que ser un roble para tener una hija hospitalizada de COVID-19 en otro país y no derrumbarse.

Mi Papá desde Barinas, lo imagino trepado en un árbol para lograr señal y cada día hacerse el fuerte y darme amor.

Mi hermano, aterrado, llevó adelante con gallardia su apoyo en la distancia.

Primos, tíos, amigos, seguidores eran lo más parecido al cariño de Dios. Nunca me sentí sola en aquel aislamiento inesperado.

Ya hoy recuperada, veo la gente pasar, me detengo y quisiera que el COVID-19 cambie e impacte al mundo y no a quienes nos tocó nada más.

Que todos nos abracemos con más humanidad por el otro, que cada quien tiene su mochila llena de angustias y pesares, no podemos seguir indiferentes, no es justo ignorar tanta tragedia espiritual que nos está matando.

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