miércoles, diciembre 1, 2021

El calvario del oxígeno: En Venezuela respirar cuenta y cuesta

Quién no tiene dinero para costear una bomba de oxígeno en tiempos de pandemia, muere esperando. Es el calvario que viven miles de venezolanos en un país donde los contagiados por la COVID-19 van en aumento, mientras la administración de Maduro asegura que tiene todo bajo control, un control que se desmorona cuando a una familia le toca la puerta la enfermedad

«En Venezuela se paga hasta por respirar» es un dicho común que en tiempos de pandemia se hizo realidad. Saturación y oxígeno medicinal pertenecen ahora a la cotidianidad de miles de familiares en todo el país, que hacen los sacrificios que sean necesarios para mantener con vida a padres, hijos, hermanos o cualquier ser querido que se contagió de COVID-19.

El miedo y el bolsillo juntos en un ir y venir a farmacias, hospitales o centros de recargas más la incertidumbre perenne no solo de conseguir la plata, que cada día es más difícil, también deben enfrentar otros obstáculos propios de vivir en Venezuela.

Respirar es gratis, pero en un país en pandemia y con un sistema de salud en el piso, cada bocanada cuenta y cuesta. Foto: Impacto Venezuela

Una lista larga y dolorosa. Un retrato agrio de un país desmoronado a todo nivel.

En Venezuela no hay agua suficiente para cumplir con medidas básicas de prevención como lavarse las manos. Comprar jabón, cloro o alcohol significa dejar de comprar comida.

¿Me alimento o me cuido? es una pregunta recurrente. «Si no me mata el covid, me mata el hambre» una afirmación que quiebra.

El calvario por el oxígeno

Llegamos hace unos días a comercial Pariata, un establecimiento que data de varias décadas dedicadas a la venta de oxígeno medicinal y otros servicios como materiales para soldaduras. Un lugar que en el peor momento del virus en Venezuela se hizo imprescindible.

Sus encargados con una paciencia infinita atienden a cientos de personas que se acercan para recargar bombonas. Hace unos días repartían 40 números, ahora evitan mucho más la aglomeración.

Las bombonas de oxígeno pasan por el proceso de desinfección para ser llenadas. Foto: Impacto Venezuela

Al sitio llegan carros, camionetas, camiones 350, ambulancias y gente a pie con bombonas de todos los tamaños.

Según las libras oscilan entre 5 y 30 dólares por recarga, la dotación se redobla según la indicación médica y si es al 5 o 10% puede durar unas 6 u 8 horas.

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El procedimiento pasa por la desinfección de la bombona antes de ser ingresada al local. El equipo ya es más que conocido por familias que cumplen semanas y hasta meses acudiendo para auxiliar a sus enfermos.

«Yo pido oxígeno. Que nos den oxígeno, que nos ayuden con recursos. Estoy aquí y no sé si cuando llegue a la casa todavía está respirando» dijo Videlba Reyes en la entrada del local.

La mujer lloraba por su cuñado. Como ella decenas de personas esperando en promedio 4 horas para lograr recargar su bombona, un recurso vital para los pacientes.

Sin plata la muerte es inminente

El peor temor de hizo realidad. Hoy en Venezuela clínicas y hospitales están trabajando a tope. Con una ocupación del 95% atender a pacientes es casa forma parte de la mal llamada nueva normalidad.

El pronóstico es reservado cuando la lista aumenta. Antibióticos, antivirales, alimentos, equipos de bioseguridad, oxímetro, artículos de limpieza, bombonas o concentradores de oxígeno.

Este último puede cotizarse desde mil dólares en adelante y su alquiler hasta 300$ semanales. Más allá de significar un soporte vital y de su inalcanzable precio, su contra son las continuas fallas eléctricas que pueden arriesgar la vida del paciente, por eso en muchos casos la gente opta por las bombonas.

Para una familia llenar la bombona de oxígeno diariamente es muy costoso. Foto: Impacto Venezuela

«Quién no tiene esa plata se muere» dice Antonio Ramírez y es que costear el Covid-19 y sus complicaciones se convierte en una fortuna para cualquier familia.

Gabriela está en la cola. Llegó a las 7:00 am  y a las 11:30 seguía esperando. En sus manos tenía tres billetes de 10 dólares, en casa la esperaban su mamá y abuela.

«Mi mamá está saliendo del virus, espero tener nuevas noticias de mi abuela al llegar».

Está joven de unos 22 años confesó «sin pena» que apeló a las redes sociales porque «tocaron piso». Nos dijo que otros miembros de su familia les donaron dinero y comida y que se endeudaron con otros gastos extras.

«Los servicios los debemos todos, tenemos trabajos y estudios paralizados. La prioridad son ellas, porque siempre faltan manos para cuidarlas. El golpe económico ha sido muy duro».

Un panorama sombrío que deja colar algunas luces. La solidaridad y la transformación como seres humanos es a juicio de Otto Rodríguez una lección de estos tiempos.

Su papá se complicó pero fue atendido en casa. Su recuperación ha sido lenta.

«Nos ha costado mucho, emocionalmente y económicamente hablando. Pero mucha gente nos ha ayudado, la lucha de mi papá por vivir ha sido una gran lección».

El la fila repleta de cilindros verdes también están mujeres y hombres llenos de historias. No sólo hay familiares, también amigos que ayudan a quienes se contagiaron.

Erick Ramírez es uno quién además pidió no estigmatizar a quien se enferme «hoy eres tú, mañana soy yo». Llama a la gente a tender una mano a quienes atraviesan el virus.

«No podemos señalar a la gente, lamentablemente es algo que nos sobrepasa y que nos puede tocar a todos. Algunos no lo contarán otros deberán cambiar y abrir su corazón».

Respirar es gratis, pero en un país en pandemia y con un sistema de salud en el piso, cada bocanada cuenta y cuesta.

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